Llevaba 8 días mirando a los equipos pelearse a muerte por el triunfo, codo con codo, los equipos avanzaban, y, tras el tiempo que duraba, se terminó al fin. Mario Julián Estévez Aldecoa es un próspero banquero, casado dos veces, la primera, por responsabilidad, y la segunda, por auténtico amor. Padre de 4 hijos, amante de los deportes, de la pesca en particular. Nacido en 1975, esperaba todas las mañanas el periódico con ansiedad, con ínfulas titánicas, se dirigía prestamente a la sección de economía y finanzas, revisando al dedillo todos los movimientos bursátiles, la tasa inflacionaria que aumentaba con el tiempo, las próximas circunstancias en ámbito bancario, como creaciones, dimisiones, destrucciones, inversiones y demás -iones. Sus hijos, tres hombres y una mujer, tenían ya 12, 8, 6 y 4 1/2 años a la fecha del día de hoy, en órden inverso.
Sin en cambio, su mujer, Atalanta, no contaba con las mismas opciones. Era ya una mujer de antaño, contaba ya 40 años a la fecha
pero sus acciones… como describirlo… Míster Estévez se dirigía hacia la cocina contigua, tentando las paredes porque había cerrado los ojos por la fotosensibilidad (claro, después de 8 días de televisión en la penumbra del cuarto marital), llamó a su esposa, pidiendo la ubicación de la cerveza que él había mandado traer. Le respondió que no la había traído, lo que hizo que Julián se movilizara rápidamente y abriera los ojos para buscar un hijo a quien enviar.
Envió a Óscar por cuatro latas de cerveza, treinta y siete pesos, y se dispuso a volver a su cuarto, pero lo interceptó la señora de la casa arguyendo que el niño aún era chico, y que no se la venderían, así que lo apuró a ir con él. Refunfuñó pero acabó yendo tras él. Saliendo a la calle, cruzó la sección 33 Norte con rumbo a la tienda. Óscar, que se movía con rapidez por temor de que lo raptaran, así que llegó, pidió las cervezas, y se las dieron. También pidió una caja de chicles y un refresco. De vuelta, subió al automóvil y puso marcha a su casa. Al llegar, su mujer le mencionaba que tenían que asistir a la reunión con los señores Mendieta, gerentes de recursos humanos en la empresa en que Óscar trabajaba, así que se aprestaron (cosa que les llevó mas o menos una hora), y se dieron cuenta de que no tenían regalo, así que María del Rocío salió de la casa y se dirigió en el auto hacia la tienda de la hermana de Óscar. Llegó aproximadamente a las 6:30 (la reunión era a las 9) a la tienda “Novedades y variedades Justina”, platicó con la hermana de Óscar un rato, adquirió una caja de chocolates escoceses y una botella de Möet Chandon, y subió al auto con rumbo a casa. Atalanta no cabía en sí, habían pasado 3 días desde que Julián había salido en pos de su hijo, y ninguno de los dos había regresado.
Había reunido a los familiares para que le ayudasen en la búsqueda, cosa que se disponían a hacer.
Misteriosamente, se había hallado a Óscar, con una persona que se identificaba como Braulio Palomares, apoderado de unos departamentos cercanos a la zona, y le cuestionaron acerca de si había visto a un adulto con él, recibiendo una respuesta negativa. Julián miró el reloj, le marcaba las 9:53, pensó dirigirse a la cocina, cuando percibió que la casa no estaba en buen estado. Olió el cuarto, era la sensación del limo combinado con el moho, sintió las paredes descarapeladas, y abrió los ojos.
Se hallaba en un cuarto, sellado por todas partes, se dirigió hacia el interruptor de la luz, y lo encontró roto, y se empeñó en empujar la posición en la que estaba la puerta, que cedió por la podredumbre del sitio. Óscar y su mujer se hallaban en camino a la casa de los señores (8:44), que por alguna razón siempre se les había hecho curioso el hecho de que vivieran en la primer casa de Óscar, y tocaron a la puerta. Los recibieron, les hicieron entrar y se sentaron en la salita. Julián había salido, y exploraba la casa de nuevo, pues no le parecía familiar. Las cosas estaban podridas, derruidas, inútiles, pero hasta él sabía que no era nada suyo, no estaba su ropa, los cuartos estaban en locaciones que estaban tapadas por el concreto, se vió en los fragmentos de un espejo que yacía en el piso, y vió que era el mismo, sin variación. Haciendo un esfuerzo por recordar, fué inutil, lo último que recordaba era haber salido por la puerta, pero de allí, nada. Óscar y María del Rocío hablaban animadamente con los señores, y después, salieron con destino a casa de nuevo. Se congratulaban mutuamente por lo acertado de los comentarios y la visita en sí. Marcharon a casa, sin saber que es lo que harían
el día siguiente. Durmieron. Julián esperaba una regresión, despertar, hallar algo que le indicara que pasaba. Se acercó a un periódico, pensando que habría viajado en el tiempo (Mucha ciencia-ficción en su vida lo había orillado a pensar eso), pero no, le parecía todo normal, la fecha era la del día que recordaba, únicamente cambiaba la hora. Pero ¿Qué sucedía?…


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